martes, 2 de agosto de 2011

¿Qué pasa cuando las formas de gobierno cambian, pero NO los hombres?


Por: José Sant Roz
Fecha de publicación: 02/08/11

Este ha sido un viejo dilema complejo y determinante en todos los procesos revolucionarios.

Nuestra forma de gobierno cambió a partir de 1998 en muchos aspectos, pero las enclénquicas instituciones del pasado siguieron funcionando a media máquina, casi sin modificación alguna en sus podridas estructuras.

Vísítese a muchos ministerios del Estado y verá que en la mayoría de sus dependencias campea la indolencia: la gente juega a las cartas por computación como en el pasado, se dedican a vender bisutería, a vender rifas, a tejer (que es lo menos dañino) y a chismorrear.

Y la culpa no es de ellos, sino que gran parte del Estado que quedó anclado a la IV República, con su mar de pérfidos adecos y copeyanos.

No se diga de aquellos que gozan de fuero sindical.

No se diga del jefe que tiene vara larga desde el partido.

Esto es muy doloroso, porque son centenares de miles de personas condenadas a la inopia, a la vagancia, al desperdicio de sus vidas en el peor sentido de la palabra.

Cambiar la forma de gobierno, con el viejo carácter de los hombres inmodificable, es ir en una carrera demencial contra millones de obstáculos por delante.

Y la revolución bolivariana, además de tener que encarar los traumas horribles que implica enfrentarse al permanente sabotaje de la derecha, tiene que lidiar con mucha gente suya que no conoce otra manera de trabajar que bajo los modelos y los principios excluyentes que nos impuso el capitalismo.

Pasamos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez a la de Rómulo Betancourt sin siquiera haberse modificado la Constitución nacional, y cuando se sancionó la que fue parapetada por el Congreso, Betancourt inmediatamente la violó.

Vivimos 40 años de dictadura representativa con adecos y copeyanos causando desmanes a diestra y siniestra, y cuando Chávez asumió el poder seguimos conservando muchos de las debilidades, defectos y vicios del pasado: los alcaldes haciendo casi todo lo que les da la gana; la inmensa mayoría de los gobernadores divorciados del trabajo en las comunidades.

Hay que tener mucho cuidado porque aún en las más sacrificadas luchas, en los más empecinados procesos revolucionarios también la codicia, la avidez, los celos, la envidia, la cólera, la violencia y el rencor gobiernan el corazón y las acciones de los hombres.

jsantroz@gmail.com